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Saida, Líbano. Kamila Lakkis para Acción contra el Hambre
Saida, Líbano. Kamila Lakkis para Acción contra el Hambre
Saida, Líbano. Kamila Lakkis para Acción contra el Hambre

Desplazamiento y supervivencia en el Líbano: tres hermanas y una lucha constante

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En marzo de 2026, las familias de Masaken Shaebieh, en el sur de Tiro, recibieron la orden de abandonar sus hogares tras una orden de desalojo. Entre ellas se encontraban tres hermanas cuyas vidas ya estaban marcadas por enfermedades crónicas, la precariedad económica y un acceso limitado a los servicios. Lo que siguió no fue un simple traslado, sino una cadena de decisiones forzadas dictadas por la supervivencia más que por la libre elección.

Antes del desplazamiento, Dana regentaba una pequeña tienda en el campo de personas refugiadas palestinas de Al-Bas, donde vendía ropa y verduras. Cuando empezaron a llegar familias desplazadas de las zonas circundantes, la tienda pareció, por un breve periodo, ofrecer una oportunidad en medio de la crisis. Sin embargo, pronto se convirtió en un espacio abarrotado que acogía a familiares y miembros de la comunidad desplazados, perdiendo así su función como fuente de ingresos y transformándose en un refugio informal.

Saida, Líbano. Kamila Lakkis para Acción contra el Hambre

Las condiciones fueron difíciles desde el principio. El espacio carecía de intimidad y de instalaciones adecuadas, y nunca se había concebido para acoger a un número tan elevado de personas desplazadas. Sin embargo, tras repetidos desplazamientos y ante las limitadas opciones de alojamiento, se convirtió en el único refugio disponible para la familia, llegando a acoger finalmente a tres familias, con un total de nueve personas.

La situación se complicó aún más debido al estado de salud de Lamia, la hermana de Dana. A sus 59 años, Lamia padece múltiples enfermedades crónicas, entre ellas insuficiencia renal que requiere diálisis cada dos días y complicaciones cardíacas graves. Su movilidad está muy limitada y depende de la ayuda de otras personas para realizar movimientos básicos.

Antes del desplazamiento, podía controlar su enfermedad en su propio hogar, al tiempo que recibía diálisis en el Hospital Jabal Amel de Tiro. Una vez que comenzó el desplazamiento, esa continuidad asistencial se vio interrumpida, ya que la zona se volvió cada vez más inaccesible y fue clasificada como zona de alto riesgo. No podía permitirse faltar a las sesiones de diálisis.

Por ello, la familia se trasladó a Saida y ahora se aloja en un centro de acogida colectivo de esa ciudad, lo que permite a Lamia continuar con su tratamiento en el Hospital Labib. Ya se habían trasladado a Saida durante una escalada anterior, conscientes de lo rápido que puede colapsar el acceso a la atención sanitaria esencial en situaciones de emergencia.

Saida, Líbano. Kamila Lakkis para Acción contra el Hambre

Su situación también pone de manifiesto una brecha más amplia: la mayoría de los centros de acogida colectivos no están adaptados a las personas con discapacidad o movilidad reducida, lo que dificulta considerablemente el acceso a la atención sanitaria, la movilidad y las rutinas diarias básicas para quienes padecen enfermedades crónicas.

El propio traslado puso de manifiesto esta fragilidad. La familia viajó utilizando una combinación de transporte privado y taxis, y llegó a Saida por la noche, cerca de la zona municipal sin acceso directo a un alojamiento ni a un apoyo estructurado, obligados a hacer frente al cansancio, el frío y la vulnerabilidad médica.

Otra hermana, Rima, que obtenía unos ingresos modestos vendiendo cosméticos, perdió sus existencias durante el desplazamiento. Junto con su hermano (ambos padecían enfermedades crónicas), perdió la única fuente de ingresos estable con la que contaba el hogar. El hijo de Lamia, de 28 años, también perdió su empleo a medida que la crisis se agravaba, lo que redujo aún más las ya limitadas opciones económicas de la familia.

Saida, Líbano. Kamila Lakkis para Acción contra el Hambre

En Saida, la familia fue alojada en un centro de acogida colectivo situado en un edificio universitario. Sin embargo, las instalaciones no estaban adaptadas a sus necesidades. La falta de ascensores impedía a Lamia acceder a las plantas superiores debido a su estado de salud, por lo que no le resultaba posible desplazarse de una planta a otra.

La familia se alojó en un espacio común diáfano en la planta baja. Esto permitió que Lamia pudiera permanecer con ellos y recibir cuidados continuos, al tiempo que se evitaba la incomodidad que supone un alojamiento distribuido en varias plantas. 

Esta decisión se basó en la experiencia previa vivida en el mismo refugio durante una escalada anterior, cuando a Lamia la habían alojado en la planta superior y necesitaba la ayuda física de un socorrista para desplazarse de una planta a otra. Esa experiencia influyó directamente en la negativa de la familia a aceptar de nuevo una situación similar.

Acción contra el Hambre prestó ayuda humanitaria al refugio colectivo mediante la mejora de las condiciones de abastecimiento de agua y saneamiento. Esto incluyó la instalación de duchas interiores y exteriores, la rehabilitación de calentadores de agua, el suministro de depósitos de agua y el mantenimiento de los sistemas de abastecimiento de agua para garantizar la continuidad del acceso. Paralelamente, se distribuyeron artículos no alimentarios, como colchones, esterillas, almohadas y mantas térmicas, con el fin de mejorar las condiciones de vida básicas en los espacios comunes.

Después del anuncio del alto el fuego, la familia intentó regresar a su hogar en varias ocasiones. Sin embargo, cada intento duró solo un día, tras lo cual tuvieron que volver a Saida debido a los continuos bombardeos y a las órdenes de evacuación en los alrededores de su vivienda, así como a la persistente falta de acceso fiable a los servicios básicos. Al mismo tiempo, el acceso al Hospital Jabal Amel de Tiro seguía siendo inestable y, en ocasiones, inseguro para las sesiones de diálisis de Lamia, lo que obligó a la familia a mantener Saida como su principal lugar de refugio y atención.

Como consecuencia, la familia lleva unos tres meses alojada en el centro de acogida colectivo. Lamia sigue necesitando diálisis cada dos días, un tratamiento que depende de un acceso ininterrumpido a los servicios sanitarios, algo que, en las condiciones actuales, sigue siendo irregular.

Este caso ilustra cómo el desplazamiento en el Líbano suele desarrollarse como un proceso con múltiples facetas, más que como un hecho aislado. Para las familias que se enfrentan a enfermedades crónicas y a una situación de fragilidad económica, el desplazamiento no es simplemente geográfico. Se trata de un reajuste constante entre las necesidades de supervivencia, el colapso de las infraestructuras y la disponibilidad inestable de la asistencia sanitaria.

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