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Vivir entre tormentas: Filipinas, en la primera línea de la crisis climática

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Por Brian Kae Enriquez, coordinador de programas de Agua, Saneamiento e Higiene en Acción contra el Hambre en Filipinas. 

Llevo diecisiete años trabajando como humanitario, dedicándome a la respuesta ante emergencias y a la recuperación de comunidades afectadas por desastres. Durante este tiempo, he acompañado a personas que intentan reconstruir sus vidas tras crisis climáticas sucesivas. Sin embargo, lo que ocurre hoy en Filipinas, una región vulnerable a los desastres climáticos, me conmueve como si fuera la primera vez. Allí, las emergencias no llegan de manera aislada: tifones, tormentas e inundaciones se encadenan y dejan escaso margen para que las comunidades puedan levantarse. Son comunidades que, pese a su resiliencia, se ven atrapadas en un ciclo implacable de pérdida y reconstrucción.

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Tras los efectos del supertifón Uwan (Fung-Wong) en noviembre de 2025, Brian Enriquez, de Acción contra el Hambre, dirige la distribución de 115 kits WASH a las familias afectadas en Sitio Palumbanes, Barangay Toytoy, municipio de Caramoran, ayudando a restablecer el acceso al agua potable y a la higiene tras la tormenta. Fotos cortesía de Brian Enriquez.

Recuerdo que, en 2024, una serie inédita de seis tifones azotaron Filipinas en un solo mes. Entre ellos se contaba el tifón Kristine, que afectó al menos a 8,6 millones de personas y dañó más de 178.000 viviendas. Vivir en Filipinas me había acostumbrado a este tipo de adversidades, pero seis tormentas consecutivas pusieron a prueba la resiliencia de comunidades y trabajadores humanitarios. Recuerdo llegar a Bicol después del tercer tifón: el suelo saturado de agua de inundaciones previas, los centros de evacuación rebosantes y las familias ansiosas ante la próxima tormenta. El sonido constante de la lluvia, el olor a ropa húmeda y barro, y las voces de padres preguntando si habría agua limpia mostraban la realidad cruda difícil de olvidar. 

El cambio climático ha transformado la escala y naturaleza de las emergencias en Filipinas. Lo que antes eran tifones estacionales ahora se siente como crisis implacables y superpuestas. La serie de seis tifones en 2024 evidenció no solo frecuencia, sino intensidad: lluvias más fuertes, vientos más potentes e inundaciones extensas que bloquean caminos, cortan la energía e impiden la entrada de ayuda humanitaria, dejando a las comunidades sin capacidad para recuperarse. En Camarines Sur, conocí a una familia que había perdido su única fuente de ingresos tras las tormentas sucesivas. Vivían en un centro de evacuación con cientos de personas. Su padre me confesó que no sabía cómo alimentar a sus hijos: el mar que siempre les sostenía se había vuelto contra ellos. Con el campo agrícola inundado, no tenían donde comprar comida, su pozo estaba contaminado y el agua embotellada era demasiado costosa. 

Pero el caso de esta familia no es aislado. Incontables personas pasan horas —e incluso días— sin acceso a agua potable ni a alimentos suficientes. Porque el hambre tras un desastre se refleja en padres que se saltan comidas para que sus hijos puedan comer, en familias que sobreviven durante días a base de fideos instantáneos y en niños que muestran signos de desnutrición. He sido testigo de la desesperación silenciosa de personas que quieren trabajar y sacar adelante a los suyos, pero que lo han perdido todo.

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Después de que el supertifón Uwan (Fung-wong) arrasara su comunidad en noviembre de 2025, los hermanos Dennis y Merilyn, ambos padres solteros, se vieron obligados a reconstruir su hogar y sus medios de vida, totalmente destruidos, mientras luchaban por proteger el futuro de sus hijos. Fotos de Bev Dycoco para Acción contra el Hambre.

En Acción contra el Hambre, llevamos 25 años siendo una mano amiga para estas comunidades filipinas. A pesar de las dificultades de acceso, apostamos por la preparación y la respuesta temprana, que salvan vidas en situaciones de emergencia: sistemas de alerta, planes de evacuación y suministros preposicionados nos permiten actuar en horas, no en días. Para mí, lo que hace que nuestras intervenciones sean tan fundamentales es que, cada sistema de agua que restauramos y cada kit de higiene que distribuimos, se convierte en un rayo de esperanza en medio de la incertidumbre. Porque hoy la urgencia es clara: el hambre inducida por el clima es real y está en aumento. Cada tifón más intenso, cada inundación prolongada y cada sequía empujan a más familias hacia la inseguridad alimentaria.

Aun así, hay esperanza. He sido testigo de familias que, aun habiéndolo perdido todo, siguen compartiendo alimentos con sus vecinos; de jóvenes que se ofrecen como voluntarios para ayudar a distribuir agua; y de comunidades que trabajan unidas para reconstruir viviendas tras tormentas repetidas. Estos gestos me recuerdan que, incluso frente a desastres impulsados por el cambio climático, el espíritu humano sigue siendo más fuerte que cualquier tifón.

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Distribución de kits de higiene en Cebú en respuesta al tifón Tino (Kalmaegi). Foto de Martina Vercoli para Acción contra el Hambre.

Pero la solidaridad, por sí sola, no basta. Los desastres ya no son algo excepcional; se están convirtiendo en la norma debido al cambio climático. Es imprescindible invertir en preparación, resiliencia y soluciones sostenibles para que la próxima tormenta no se convierta en una catástrofe insuperable. Solo así podremos proteger más vidas frente a los desastres climáticos, garantizando la dignidad de las personas y trabajando para que nadie pase hambre después del próximo desastre. 

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